Star Wars Episode I – The Phantom Menace (La guerra de las galaxias episodio I – La amenaza fantasma) (1999)

El reestreno 25 años después de la primera entrega de la segunda trilogía de La guerra de las galaxias, demuestra que no fue Disney quien estropeó la franquicia sino su propio creador.

Dirección: George Lucas

Liam Neeson, Ewan McGregor, Jake Lloyd, Natalie Portman

Los verdaderos amantes de Star Wars (aquellos que nos transfiguramos cuando acudimos a la sala de cine en 1977 y quienes vimos sus gloriosas secuelas en la gran pantalla el día de sus estrenos), sabemos muy bien que El imperio contraataca (1980), la segunda entrega, es la mejor de la trilogía. También sabemos que George Lucas, el creador de la saga, no fue su director, sino el fallecido Irvin Kershner, quien se preocupó por darle humanidad y profundidad a sus personajes, más allá de preocuparse por lograr unos efectos especiales de primera categoría (que hoy en día siguen sorprendiendo). Asimismo, sabemos que, aunque El regreso del Jedi (1983) es la más débil de las tres, cierra con broche de oro la saga, con sus adorables Ewoks y sus toques de psicoanálisis freudiano (Lucas tampoco la dirigió sino el también fallecido Richard Marquand, reemplazando a David Lynch a última hora).

Cuando George Lucas anunció su regreso al universo de Star Wars, sus seguidores temblamos de emoción. ¿Qué mejor que 1999, el año previo a los albores del siglo XXI, para acudir a las salas y ser testigos del primer episodio de La guerra de las galaxias? (Cabe recordar que Lucas subtítuló a la película original Episodio IV: Una nueva esperanza como un guiño a quienes recordaban con cariño y nostalgia a los seriales de aventuras. 

Quienes no estaban habitando el planeta Tierra en la primera mitad del siglo XX necesitan contexto. Los seriales de aventuras eran una especie de mini películas de 5 a 15 minutos de duración, que se proyectaban antes de los largometrajes y que se caracterizaban por presentar historias emocionantes y llenas de acción divididas en episodios. El final de cada episodio quedaba en cliffhanger, es decir, un momento de suspenso que dejaba al público ansioso por ver el siguiente y garantizar así la asistencia al siguiente estreno para ver qué pasaba en su serial favorito. Estas historias a menudo giraban en torno a héroes valientes procedentes de la literatura pulp y de los cómics, que enfrentaban peligros, resolvían misterios y vivían emocionantes aventuras, como Flash Gordon y Buck Rogers (cabe recordar que inicialmente Lucas quería llevar al cine a estos aventureros espaciales, pero al final decidió crear a Luke Skywalker, su propio héroe espacial, así como a Indiana Jones, ese otro aventurero también inspirado en los seriales).

Es así como la idea primigenia no era la de realizar los episodios II, II y III de La guerra de las galaxias como muchos creen, sino comenzar desde el episodio IV para referenciar de ese modo la experiencia de los seriales que les correspondió a muchos niños de los años 30 (ver un serial completo era prácticamente imposible en aquel entonces). Pero para 1999, la broma se convirtió en algo serio.  

En ese año, muchos niños acompañaron a sus padres para ser testigos del prometido Episodio I. Hay que admitir que tanto grandes como chicos se sorprendieron de ver un despliegue visual y sonoro sin precedentes (hoy en día, esos efectos especiales han envejecido muy mal, no así los efectos artesanales de la primera trilogía). Pero lo que los adultos sensatos (léase “amantes” y no “fanáticos”), testigos de las primeras películas de Star Wars no pudimos ni podemos admitir hasta el día de hoy, veinticinco años después de su estreno, es la terrible carencia de resonancia del Episodio I a nivel dramático. La dirección de Lucas es pobre (por no decir inepta), el guion (también de Lucas) es tonto e ilógico (por no decir ridículo), las actuaciones son mediocres a más no poder (por no decir inexistentes) y la emoción que generaron las cintas anteriores, aquí es reemplazada por tedio (por no decir esterilidad). 

Los fanáticos que no escuchan razones no querrán admitirlo, pero quien arruinó a La guerra de las galaxias no fueron los estudios Disney (quienes compraron Lucasfilm e hicieron una trilogía más que decente así se diga lo contrario), sino su propio creador. La amenaza fantasma es una película inerte en donde Lucas hace evidente la pérdida de la fuerza. 

El Episodio I está ambientado treinta años antes del Episodio IV y arruina uno de los giros más impactantes en la historia del cine, para quienes no han visto El imperio contraataca (quedan advertidos). La Princesa Leia es reemplazada aquí por su madre, la Reina Amidala (Natalie Portman). La Federación de Comercio envía naves de guerra a su planeta Naboo. A su rescate llegan dos caballeros Jedi: el veterano Qui-Gon Jinn (Liam Neeson) y su aprendiz, Obi-Wan Kenobi (Ewan McGregor), reemplazando a Luke Skywalker y a Han Solo. Mientras tanto, conoceremos sobre la triste infancia de Anakin Skywalker (Jake Lloyd), un esclavo de nueve años que crecerá para casarse con la reina, ser el padre de los gemelos Luke y Leia, y pasar del lado Jedi al lado oscuro como Darth Vader. Es como si Lucas se plagiara a sí mismo y buscara estropear todas las sorpresas de su trilogía original. 

No cabe duda de que Liam Neeson, Ewan McGregor y Natalie Portman son grandes actores y que Jake Lloyd, el malogrado actor infantil que interpretó a Anakin, no posea carisma, pero aquí todos parecen unas figuras de acción tiesas y sin articulación. Neeson lo intenta y es el mejor de los cuatro, McGregor se limita a imitar al fallecido Alec Guinness (quien interpretó a Obi-Wan en la trilogía original), Portman parece una muñeca de porcelana china sin vida y Lloyd es simpático, pero no posee un ápice de contundencia (él se va a convertir en Darth Vader ¡Por Dios!)  

Los diálogos son imbéciles (“Tengo un mal presentimiento sobre esto”), pretenciosos (“El miedo lleva a la ira, la ira lleva al odio, el odio lleva al sufrimiento”) e interminables (las enredadas discusiones políticas y esa tontería de explicar la fuerza con midiclorianos); algunas situaciones son absurdas (como la carrera de autos espaciales al peor estilo de Hanna-Barbera o atribuir la creación del androide C3PO al niño Anakin), no hay romance, la acción es frenética, caótica y demasiado acelerada y los personajes no están bien construidos (Yoda se convierte en una criatura tan detestable como las criaturas Watto y Boss Nass) o en otros casos, los personajes son desperdiciados de manera imperdonable (como sucede con el satánico Darth Maul encarnado por Ray Park y el noble jedi Mace Windu interpretado por Samuel L. Jackson). 

Pero el peor de todos, el lunar convertido en la verruga cancerígena del Episodio I, la verdadera Amenaza Fantasma, la constituye el horrendo Jar Jar Binks, esa aberración digital con la voz de Ahmed Best, que se suponía iba a ser la parte cómica de la cinta, pero que terminó siendo un personaje extremadamente odioso y al borde de lo ofensivo (ese acento jamaiquino). Jar Jar Binks es el claro ejemplo de cómo un personaje cobra vida propia y no para bien.  

Las cosas no mejoraron con Episodio II: El ataque de los clones (la peor de las tres) y con Episodio III: La venganza de los Sith (la mejor de esta deplorable trilogía). Hoy en día existe la tendencia de odiar todo lo que Disney ha hecho con la franquicia e idealizar las precuelas de Lucas. Pero lo cierto es que estamos hablando de un público que permitió siete entregas de Transformers y diez de Rápido y Furioso. Algunos críticos veteranos y amargados afirman que Star Wars fue la cinta que acabó con el cine de calidad hecho en los Estados Unidos. Eso no es cierto, como tampoco es cierto que La amenaza fantasma sea una película grandiosa. Lejos, lejos, lejos de ello. 

Sobre André Didyme-Dôme 1683 artículos
André Didyme-Dome es psicoterapeuta y periodista. Se desempeña como editor de cine y TV para la revista Rolling Stone en español y es docente universitario; además, es director del cineclub de la librería Casa Tomada y conferencista en Ilustre. Su amor por el cine, la música pop y rock, la televisión y los cómics raya en la locura.

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