
Si el director de Nacho Libre hubiera contado la historia de tres perdedores que creen ser cool, estaríamos ante una comedia menor pero entrañable. Pero el sistema no lo permitió.
Director: Jared Hess
Jason Momoa, Jack Black, Sebastian Hansen, Emma Myers, Danielle Brooks, Jennifer Coolidge

Desde que se anunció que Minecraft, el videojuego de bloques, minas y lobos cúbicos, tendría adaptación cinematográfica, el anuncio que más llamó la atención no fue la premisa, sino el nombre del director: Jared Hess. El mismo detrás de Napoleon Dynamite, Nacho Libre, Gentlemen Broncos y Masterminds. Es decir, un autor con una sensibilidad muy particular: excéntrica, ingenua, deliberadamente torpe, pero profundamente humana.

Por unos minutos, Una película de Minecraft parece responder a ese universo autoral. Steve, el niño que sueña con ser minero, crece y se convierte en un adulto interpretado por Jack Black, un tipo que canta solo en las minas, habla con lobos y porta una energía caótica que mezcla la inocencia infantil con la desesperación del adulto que quiere ser protagonista de algo. Black, siempre desbordado, parece haber sido construido genéticamente para el universo de Jared Hess. Y cuando se le permite jugar, cantar sobre pollos de lava o simplemente gritar con emoción, se convierte en el alma ruidosa de la película. Sin embargo, incluso él no escapa a la saturación del guion: muchas veces parece una versión diluida de su Bowser de Mario Bros, y otras simplemente alguien al que no supieron cuándo cortar en edición.
A su lado está Jason Momoa, en un papel que, más que un personaje, es una colección de posturas. Su Garrett “The Garbage Man” Garrison es un ex campeón de videojuegos de los años ochenta, con melena de Sunset Strip, chaqueta sin mangas y delirio de celebridad olvidada. Su interpretación, conscientemente caricaturesca, roza el auto-meme: Momoa se ríe de sí mismo, de su físico, de su imagen de macho cool y eso, por momentos, funciona. Pero su personaje parece extraído de otra película: uno imagina al Momoa de esta cinta en un sketch de Saturday Night Live, no en una narrativa que intenta equilibrar emoción, aventura y sátira.
Emma Myers y Sebastian Hansen, en los roles de Natalie y Henry, los hermanos huérfanos que llegan a Chuglass, Idaho, representan el intento más obvio de conectar con el público juvenil. Myers, con experiencia en papeles de adolescente irónica (Wednesday), intenta dotar de algo de credibilidad a una joven experta en redes sociales contratada para manejar la cuenta de una marca de papas fritas con una mascota siniestra. Hansen, como el niño genio obsesionado con la ingeniería, cumple con solvencia, aunque su personaje esté diseñado más como herramienta narrativa que como individuo real. Son los personajes que la película cree que necesitamos para “empatizar”, pero sus historias, en vez de sumar, disuelven la trama central en una maraña de subtramas obligadas.
Danielle Brooks, por su parte, interpreta a Dawn, una agente inmobiliaria que también dirige un zoológico móvil. Su presencia tiene fuerza: su estilo enérgico y su capacidad cómica aportan aire fresco, aunque su personaje está dibujado con la brocha gruesa del “secundario extravagante”. Hay además una participación breve pero simpática de Jennifer Coolidge, quien se enamora, sin explicación alguna, de un aldeano gruñón del Overworld. La secuencia está pensada como un guiño absurdo, y si bien funciona como chiste aislado, representa otro ejemplo de cómo la película se dispersa en episodios y cameos en lugar de construir una narrativa orgánica. Y no se puede omitir a Rachel House, quien presta su voz a Malgosha, la villana porcina que desea apoderarse del orbe mágico. House, habitual en las películas animadas de Disney y Pixar, logra imprimir un tono que combina amenaza con ironía. Su voz le da al personaje una dimensión que el diseño visual y el guion no alcanzan a sostener por sí solos.
Lo que une a todos estos actores es el esfuerzo (a veces loable, a veces desesperado) de sobrevivir en una película que no termina de decidir qué quiere ser. Cuando Jared Hess se impone, la película tiene alma, humor seco, rareza entrañable. Cuando el comité corporativo interviene (y se siente que interviene mucho), la película se transforma en un monstruo híbrido: parte comedia autoral, parte franquicia de alto presupuesto, parte anuncio de juguetes.
Cada actor parece actuar en una película distinta. Black y Momoa creen estar en una parodia de Jumanji. Myers y Hansen actúan como si estuvieran en Lemony Snicket, Narnia o un drama adolescente de Netflix con elementos fantásticos. Coolidge parece salida de una sitcom y Brooks de una comedia familiar. Lo más triste es que todos estos tonos podrían haber convivido si el guion y la dirección no hubieran sido arrastrados por la necesidad de agradar a todos los públicos… y de capitalizar cada centímetro cuadrado de pantalla.
Una película de Minecraft no fracasa porque sus actores fallen; fracasa porque no se les da un terreno firme donde pararse. Lo que pudo haber sido una comedia menor, tierna y absurda —la historia de tres perdedores convencidos de que son cool— fue absorbida por la maquinaria de monetización que hoy rige a Hollywood. Como un cerdo zombificado del Nether, la película fue infectada desde dentro.
No hay espacio para la sutileza, para los silencios, para los errores encantadores que caracterizan el cine de Hess. En su lugar hay explosiones, portales, lecciones de autoestima, referencias cruzadas, y una sensación constante de que hay un ejecutivo detrás de cámara diciendo: «Necesitamos algo de Mario Bros —¿puede Jack Black cantar otra vez?—. Que no falte la energía de Barbie. ¿Podemos poner a Jason Momoa con peinado de los ochenta y actitud de Aquaman y villano de Rápido y Furioso? Y necesitamos niños que generen empatía, claro. ¿Qué tal si son huérfanos? Rellenemos la cinta con cientos de referentes al videojuego y hagamos una escena postcréditos donde aparezca un personaje clave para la secuela ¡Eso le gusta al algoritmo!”
El espectador no solo lo ve: lo siente. La película está hecha de bloques. Pero no los construyó un jugador curioso, sino una mesa de accionistas. Y eso se nota.
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