Poor Things (Pobres criaturas) (2023)

En esta cinta sucia, hermosa, salvaje e inolvidable, confeccionada por el genio loco de Canino, La langosta y El sacrificio del ciervo sagrado,una mujer con cerebro de bebé se embarca en un viaje autodidacta.

Dirección: Yorgos Lanthimos

Emma Stone, Mark Ruffalo, Willem Dafoe, Ramy Youssef

Al igual que Luis Buñuel, Stanley Kubrick, David Lynch, David Cronenberg, Terry Gilliam, Dušan Makavejev, Guy Maddin o Tim Burton, Yorgos Lanthimos es un verdadero autor que logra combinar de una manera orgánica y profunda los elementos surrealistas con el humor negro para construir una visión de mundo muy particular. En el caso de Lanthimos, sus obras siempre tienen que ver con ese malestar causado por el choque entre los instintos sexuales y violentos (lo que Freud llamaba Eros y Tánatos) procedentes de la naturaleza animal del ser humano, y las normas impuestas por la cultura, que convierten al ser humano en un sujeto civilizado, atrapado por el lenguaje y las convenciones sociales.

Canino (2009), la película que lo dio a conocer internacionalmente, constituye una reflexión provocadora sobre la naturaleza de la familia y la influencia del entorno en la formación de la identidad individual. Su historia gira en torno a una familia muy particular compuesta por el padre (Christos Stergioglou), la madre (Michelle Valley) y sus tres hijos (Angeliki Papoulia, Mary Tsoni y Christos Passalis), que vive aislada del mundo exterior en una casa rodeada por altos muros. Los padres han creado un entorno donde la realidad se distorsiona y los niños son completamente ignorantes de la existencia del mundo exterior.

Los padres han asignado significados alternativos a las palabras comunes, distorsionando la realidad para sus hijos y creando una especie de realidad paralela. Además, los niños son instruidos con información errónea y aislados de cualquier contacto con el mundo exterior, lo que genera una serie de tensiones y conflictos a medida que los personajes buscan comprender su entorno y rebelarse contra la autoridad de sus padres.

Pobres criaturas, la última obra maestra de Lanthimos, está basada en la novela homónima de Alasdair Gray, publicada en 1992 y adaptada por el guionista Tony McNamara, con quien el director colaboró en La favorita (2018), esa prestigiosa cinta ambientada en el siglo XVIII y centrada en la relación disfuncional entre la caprichosa e infantil reina Ana de Gran Bretaña (Olivia Colman), Sarah Churchill, Duquesa de Marlborough (Rachel Weisz), y Abigail Masham (Emma Stone), dos ambiciosas confidentes que rivalizan por su atención y favor.

Stone vuelve a trabajar bajo la batuta del director griego encarnando a Bella Baxter, una versión femenina del monstruo de Frankenstein, quien es revivida por un científico loco, el Dr. Godwin Baxter (Willem Dafoe), con el cerebro de su bebé no nato en reemplazo del suyo. Así de alucinante y desquiciado es el mundo de Lanthimos. 

Como el buen salvaje de Rousseau, pero sin la bondad inherente, o como la Tábula rasa de John Locke, pero con la biología y la curiosidad marcando un código inicial sobre el lienzo, veremos a esta mujer confeccionada con los restos de Pinocho de Collodi, Fanny Hill de John Cleland, Justine del Marqués de Sade, Josephine Muztenbacher de Felix Salten y Barry Lyndon de William M. Tackeray, embarcarse en un rito de pasaje, donde dejará la heteronomía para abrazar la autonomía, dejando de ser una niña manipulada y reprimida, para convertirse en una mujer libre, emancipada y autosuficiente, algo que para el hombre machista bien puede ser el equivalente del Monstruo Amenazante Definitivo.

Esta versión libre y perversa del Moderno Prometeo de Mary Shelley, se desarrolla en una versión gótica y steampunk de la era victoriana, como si se tratara de un oscuro cuento de hadas medieval o uno de los tantos multiversos de los cómics de Marvel o DC, pero en su línea para adultos. El fotógrafo Robbie Ryan, el mismo de La favorita, distorsiona visualmente los encuadres, haciendo uso de una estrategia obtenida del cine expresionista alemán de Murnau y Wiene, para que sintamos en carne propia el delirio y la locura de este universo, del mismo modo como el director Terry Gilliam, en complicidad con su fotógrafa Nicola Pecorini, lo hicieron hábilmente en su oda a la ebriedad Miedo y asco en Las Vegas (1998). 

El Dr. Godwin es el hijo bastardo de los Doctores Frankenstein encarnados por Udo Kier en la escatológica cinta de Paul Morrissey y Andy Warhol, y por Peter Cushing en la clásica cinta de Terence Fisher para los estudios Hammer. Estamos hablando de un hombre torturado físicamente por un padre (otro científico mucho más loco que él), amante de la ciencia y que está más allá de cualquier juicio ético y moral, que decide revivir a una mujer que cometió suicidio lanzándose de un puente en un estado avanzado de embarazo, para luego convertirse en una gentil figura paternal para ella. 

Su pupilo, un joven y dedicado estudiante llamado Max McCandles (Ramy Youssef), cumple con su papel de Igor y documenta juiciosamente los rápidos avances de Bella en cuanto a su desarrollo lingüístico, que contrastan con una psicomotricidad torpe, pésimos hábitos de higiene y una gran curiosidad por el sexo (la expresión corporal de Stone demuestra su altísimo calibre actoral y si hay un mundo justo, ella debería ganarse el Óscar a la Mejor Actriz este año).

El fotógrafo Ryan nos muestra por medio de cromas el progreso de Bella, pasando de los colores fríos y tonos oscuros de la casa – laboratorio de Godwin, para gradualmente colmar la pantalla de colores vivos y cálidos, que hacen parte de Lisboa, Alejandría y París, los lugares que Bella visita cuando decide dejar su hogar para irse a explorar el mundo en compañía de su amante, el abogado sibarita, hedonista y ególatra Duncan Wedderburn (un maravillosamente exagerado Mark Ruffalo), quien al principio arrebata a Bella de su padre y prometido para instruirla en los placeres de la carne, pero quien termina siendo víctima de su propio invento, obsesionado y enloquecido por una mujer a la que no puede controlar o poseer.  

La participación de la mítica actriz Hanna Schygulla como una mujer que contribuye a la emancipación de Bella; la atípica banda sonora diseñada por Jerskin Fendrix (quien aparece brevemente en la cinta como músico en un restaurante de Lisboa) y que nos recuerda a la música juguetona, disonante e inquietante compuesta por Michael Nyman, Damon Albarn y Stephen Foster para esa oda sobre el canibalismo llamada Voraz (1999); los extravagantes y suntuosos trajes de Holly Waddington (Lady Macbeth); y la dirección de arte fuera de este mundo y de una extraña belleza de Shona Heath y James Price, que luce como una especie de fusión entre los universos fálicos de  H.R. Giger, la Ciudad Gótica de Anton Furst y las postales eróticas de finales del siglo XIX, contribuyen a que esta película se convierta en todo un evento cinematográfico sin precedentes.

Decir algo más sobre esta cinta cargada de sexo, violencia, locura y femineidad, estropearía la experiencia. Solo queda por decir: “¡Abróchense los cinturones pobres cinéfilos, porque este será un viaje mágico, misterioso e imposible de olvidar!”    

Sobre André Didyme-Dôme 1646 artículos
André Didyme-Dome es psicoterapeuta y periodista. Se desempeña como editor de cine y TV para la revista Rolling Stone en español y es docente universitario; además, es director del cineclub de la librería Casa Tomada y conferencista en Ilustre. Su amor por el cine, la música pop y rock, la televisión y los cómics raya en la locura.

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