Beau Is Afraid (Beau tiene miedo) (2023)

El director de Hereditary y Midsommar se inclina por la tragicomedia surrealista y existencial, pero el resultado es un producto agotador y vacío.

Director: Ari Aster

Joaquin Phoenix, Patti Lupone, Parker Posey, Amy Ryan, Nathan Lane, Denis Ménochet

Es cierto que las reglas fueron hechas para ser violadas, pero para ello hay que tener una razón para justificar la infracción. El cine de Godard, Jodorowsky, Lynch, Cronenberg, Greenaway, Jarman, Carax, Lanthimos y Ducournau es definitivamente demente y transgresor. Pero detrás de sus películas siempre hay ideas y conceptos que apoyan las transgresiones formales y que motivan y obligan a una eterna discusión por parte de los cinéfilos en los cafés adyacentes a las salas de cine.

Al igual que David Cronenberg, Robert Eggers (La bruja, El faro) y Ari Aster (Hereditary, Midsommar) son dos autores que tienen asentadas sus raíces en el género del terror. Y al igual que su predecesor y mentor, ambos se atrevieron a ir más allá de la búsqueda de un simple sobresalto, para confeccionar lo que algunos llaman “terror elevado” o lo que antes se conocía como “terror psicológico”.

Por su parte, Eggers decidió trascender la frontera limitante del terror para dirigir El hombre del norte, toda una obra maestra del Sword & Sorcery, inspirada en la leyenda que llevó a Shakespeare a escribir su Hamlet. Es por eso por lo que las expectativas estaban muy en alto para su colega, quien anunció que iba a dirigir una tragicomedia surrealista y existencial, la cual primero se iba a llamar Disappointment Boulevard, pero que terminaría llamándose Beau tiene miedo. El primer título resulta ser mucho más apropiado que el segundo. Eggers nos entregó un relato potente, violento y cargado de arquetipos y símbolos. Lo que Aster nos ofrece es otra película de terror a la que le sobran dos horas de metraje de las tres que posee.

Una cosa es una película inteligente y otra muy diferente es una cinta que aparenta ser inteligente. Dos ejemplos de las últimas son las injustamente premiadas con la Palma de Oro de Cannes y el Óscar a la Mejor película. Que Triángulo de la tristeza y Todo en todas partes al mismo tiempo hayan obtenido la apreciación casi unánime por parte de la crítica especializada y el favor incondicional del público, es un triste indicador del espíritu de la época. Parafraseando a la cantante Andrea Echeverri, lo importante no es la esencia, son las apariencias. Eso es lo que diferencia a un Hípster de un Geek.

Comparar la película de Aster con los trabajos del gran Charlie Kaufman, el maestro del cine psicoanalítico y existencialista y uno de los mejores guionistas del cine actual (Confesiones de una mente peligrosa, Naturaleza humana, ¿Quieres ser John Malkovich?, El ladrón de orquídeas, Eterno resplandor de una mente sin recuerdos)y director de las joyas experimentales Sinécdoque Nueva York, Anomalisa y Pienso en el final, es un exabrupto muy similar al de comparar la música de Aphex Twin con la de Skrillex.      

Hay que reconocer que el primer acto está muy bien logrado y que puede equipararse a Después de la hora, la magnífica e infravalorada comedia de Martin Scorsese, en la que un hombre sufre una serie de hilarantes, pero al mismo tiempo, dolorosas desgracias; como también a Edipo desencadenado, el delicioso episodio surrealista que Woody Allen aporta para trabajo colectivo Historias de Nueva York, en el que un hombre se enfrenta a una madre cuya inmensa cabeza aparece en el firmamento de Nueva York, sin ninguna explicación, haciéndolo avergonzar con unos embarazosos comentarios, los cuales son escuchados literalmente por todo el mundo.     

Joaquin Phoenix, uno de los mejores actores de la actualidad (si no están convencidos, véanlo en Ella de Spike Jonze y en El maestro y Vicio propio de Paul Thomas Anderson para que no queden dudas) no logra salvar este bello desastre armado por Aster, porque este simplemente no se lo permite. La película escrita y dirigida por Aster, nos muestra a Phoenix encarnando a Beau Isaac Wassermann, un hombre pusilánime que vive en el barrio más peligroso del mundo. Cualquier representación de Ciudad Gótica o del Asilo Arkham en el cómic, el cine o la televisión, languidece cuando el espectador conozca a los habitantes del sector en el que vive Beau: Un hombre desnudo que apuñala a todas las personas sin razón, un salvaje sujeto tatuado en todo el cuerpo que persigue a Beau sin tregua, una especie de cadáver zombie postrado inmóvil en la calle, un hombre que baila salsa sin parar por horas, un vecino que le manda mensajes por debajo de la puerta quejándose de un ruido que Beau no está generando, un hombre angustiado que repite sin parar “¡Ayúdame!” y que se cuelga del techo del baño de Beau como si se tratara de una araña mientras este se baña e inclusive una araña venenosa, son algunos de los vecinos variopintos con los que tiene que lidiar nuestro protagonista.

Toda su vida, Beau ha estado marcado por el infortunio y la tragedia. Como si se tratara de una situación extraída de una novela de John Irving, sabemos que su padre murió de un ataque al corazón cuando este tuvo sexo por primera vez con su madre y que de ese coito primigenio nació él, quien casi no sobrevive al parto (como lo sugiere una secuencia inicial que parece robada de Bardo, la hermosa cinta surrealista y existencialista de Alejandro González Iñárritu).  Es por eso (y por unos testículos tremendamente inflamados que se advierten más adelante) que Beau es un virgen de más de cuarenta años.

Nadie en su sano juicio viviría donde vive Beau, a no ser que no se tenga el dinero para vivir en otro lado. Pero Beau es hijo de Mona Wassermann (Patti Lupone), una mujer multimillonaria.  Al parecer, Beau la quiere mucho (tal vez demasiado, por las connotaciones ultra edípicas del relato). Y eso queda más que demostrado cuando el hombre se dispone a viajar con urgencia a la casa materna, para conmemorar el aniversario de la muerte de su padre con todo y una pequeña porcelana de una madre y su hijo, que él le piensa dar como regalo. Un pequeño descuido hace que Beau deje su maleta y llaves en la puerta de su ultra inseguro apartamento y, en unos pocos segundos, tanto las llaves como la maleta son robadas. A esa terrible situación se le suma una tragedia mayor. Cuando el hombre de mala suerte intenta llamar a su madre, un mensajero (con la voz de Bill Hader) le informa que ha encontrado a su madre decapitada, al caerle un candelabro en la cabeza. Sin entrar en detalles, basta decir que Beau termina corriendo desnudo por la calle y un policía lo confunde con el desquiciado hombre del puñal mencionado anteriormente. Huyendo del policía, Beau es atropellado por una pareja de esposos y en el piso es apuñalado en numerosas ocasiones por el verdadero asesino desnudo. ¡Pobre Beau! ¡La vida es un infierno para él!

El final del primer acto sigue por esa aterradora línea, cuando descubrimos que los esposos que atropellaron a Beau son Roger, un prestigioso y amable cirujano (Nathan Lane) y la también amable Grace (Amy Ryan). La pareja ha prácticamente secuestrado a Beau para convertirlo en el reemplazo de su hijo, un soldado que murió trágicamente en el cumplimiento de su deber y que Grace extraña con locura. Roger y Grace tienen una hija llamada Toni (Kyle Rogers, de la cinta cristiana Milagros del cielo), adicta a toda una parafernalia de drogas, amante del K-Pop y que chantajea a Beau con la amenaza de decirle a sus padres y a las autoridades que él es un abusador (¿a quién le van a creer más, a un hombre de más de cincuenta años en pijamas o a una chica adolescente?)

Junto a la familia convive en un tráiler ubicado en el jardín Jeeves (encarnado por el actor francés Denis Ménochet, uno de los protagonistas de Titane, la brutal obra maestra del surrealismo ciberpunk dirigida por Julie Ducornau). Jeeves fue un compañero en el ejército del hijo de Roger y Grace, quien padece de estrés postraumático y de violentos e inesperados brotes psicóticos, y que está esperando la orden para arremeter contra Beau y aniquilarlo sistemáticamente. ¿Si esto no es una película de terror, entonces qué es?

Todo parecía indicar que Aster iba a entregarnos una interesante exploración sobre los orígenes del miedo y la ansiedad, pero esa promesa se aniquila con un abrumador segundo acto que tiene que ver con un grupo de hippies teatreros (no pregunten), una obra de teatro que narra la vida del mismo Beau (premisa robada del cine lacaniano de Kaufman), la sospecha que el padre sigue vivo (¡Ayúdame Sófocles!) y unas secuencias animadas que nos recuerdan a Canción del Sur, la bonita pero racista película de Disney. Ni hablar del tercer acto, mucho más exasperante que el anterior, en donde Beau llega por fin al entierro de su madre, tan solo para encontrarse con Elaine (Parker Posey), el amor de su vida, con la que por fin tiene sexo ambientado con la música de Mariah Carey. Pero luego del orgasmo, Elaine se transforma inexplicablemente en una muñeca inflable.

Veremos a la madre resucitada convertirse en una fusión de la gélida y malvada mujer encarnada por Angela Lansbury en El candidato de Manchuria y la tirana histérica interpretada por Faye Dunaway en Mamita Querida, para sincerarse con su hijo de una manera hiriente y brutal. Y al igual que el homenaje de Lars Von Trier a La Divina Comedia en su cruel cinta La casa que construyó Jack, al final veremos al Dr. Cohen (Richard Kind), la persona escogida por su madre para ser el reemplazo del padre de Beau, juzgándolo por todos sus pecados. Para ese momento, el espectador estará gritando junto a Beau: ¡Ya no más! ¡Ya no más por favor!

Beau tiene miedo es una cinta sobre un hombre miserable, angustiado, desesperado y con una tremenda mala suerte, que nunca se rebela ante lo que le sucede, como si fuera una especie de Forrest Gump en un mal viaje de ácido. Nunca llegaremos a entender qué es lo que Aster quiere decirnos con este relato que bien se parece a una pesadilla o la representación del mismísimo infierno (¿Beau está muerto?). Es muy probable que la falta de respuestas no se deba a que el director quiere generar una serie de interrogantes en el espectador. Para esto se necesita un tema de base. En realidad, esta cinta se siente tan vacía y carente de propósito, que no deja nada para discutir y menos con un café. Tal vez con una leche de almendras endulzada con estevia.

Gracias a las magníficas Hereditary y Midsommar, Aster demostró ser un director talentoso. Pero Beau tiene miedo es una odisea que termina siendo un tremendo paso en falso producto de la hybris. Si su película hubiera durado una hora y media y se hubiera quedado con las terribles desgracias que sufre su protagonista en el primer acto, la cosa hubiera podido funcionar como otra cinta de “terror elevado”, como un homenaje al “cine de angustia” que producen Scorsese, Lynch o Paul Thomas Anderson. Por lo menos, Aster debió habernos entregado una versión paroxística de Curb Your Enthusiasm. Pero con lo que quedamos es con tres horas de psicoanálisis ramplón (todo es culpa de la madre) y que se excede en flashbacks innecesarios que incluyen a las versiones jóvenes de Beau (Armen Nahapetian), Elaine (Julia Antonelli) y Mona (Zoe Lister-Jones), así como situaciones que parecen emanar de lo peor del escritor Paulo Coelho y el director Jacon Van Dormael.

Aster debió haberle dado espacio a Beau (y a Phoenix) para respirar, pensar y para hacer él mismo sus propias reflexiones. Pero el pretencioso ejercicio formal de Aster no deja espacio para el contenido. Parafraseando a Shakespeare, esta película habla mucho, pero no dice nada. Asimismo, esta película es como la obra de teatro en la que Beau se ve reflejado, ya que evidencia a un público hambriento por una serie interminable de imágenes y situaciones novedosas, pero sin ningún reto para la mente.

Luis Buñuel, el maestro del surrealismo, Ingmar Bergman, el maestro del cine psicoanalítico y Andréi Tarkovski, el maestro del cine existencialista, nos mostraron en sus películas una serie de imágenes cautivadoras, hipnóticas y altamente creativas, con el objetivo de hacer evidentes los misterios y los absurdos de la vida cotidiana (aquí también se incluyen las grandilocuentes e hilarantes películas de Monty Python). Lo que están haciendo los “falsos profetas” como Ruben Östlund, los Daniels y ahora, Ari Aster, es cubrir y oscurecer el conocimiento que su protagonista tiene de él mismo, sus percepciones sobre el mundo, sus emociones, recuerdos, intereses e inclusive sus decisiones, con oleadas de imágenes que no dejan pensar o que reconfortan a quien no quiere pensar. El cine de Michael Bay y Roland Emmerich es ligero, superficial y sintético pero no lo oculta. Esta película es perversa porque pretende ser algo que no es, como una foto con filtros, una voz adulterada de la internet o alguien que se pone gafas para lucir como todo un intelectual.

Sobre André Didyme-Dôme 1680 artículos
André Didyme-Dome es psicoterapeuta y periodista. Se desempeña como editor de cine y TV para la revista Rolling Stone en español y es docente universitario; además, es director del cineclub de la librería Casa Tomada y conferencista en Ilustre. Su amor por el cine, la música pop y rock, la televisión y los cómics raya en la locura.

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